
En una olla, calentamos la leche a fuego medio hasta alcanzar una temperatura de aproximadamente 70ºC. Si no tienes termómetro, puedes usar la prueba del dedo: introduce el dedo en la leche y cuenta hasta 5 o 6. Si debes sacarlo porque te quema, esa es la temperatura ideal. Retiramos la leche del fuego.

En un bol aparte, añadimos unas cucharadas de yogurt natural sin sabor y mezclamos con un buen chorro de leche caliente hasta que el yogurt se disuelva por completo.

Para obtener una consistencia más firme, agregamos dos cucharadas de leche en polvo al bol y mezclamos hasta que se disuelva por completo. Luego, incorporamos esta mezcla al resto de la leche caliente y removemos bien para asegurar una integración uniforme. Vertemos la mezcla en un recipiente con tapa, procurando mantener el calor. Lo cerramos rápidamente.

Aislamos el recipiente envolviéndolo en una frazada o toalla y luego lo envolvemos en una bolsa de plástico. Dejamos reposar el recipiente aislado durante 12 horas en un lugar cálido y cerrado, como el horno o el microondas.

Pasado el tiempo de reposo, abrimos el recipiente y comprobamos el resultado del proceso de fermentación. El yogurt ya está listo para consumir, pero si deseamos obtener una textura más cremosa y espesa similar al yogurt griego, seguimos el siguiente paso.

Colocamos un colador sobre un bol y cubrimos la superficie del colador con un paño de cocina. Vertemos el yogurt sobre el paño y lo dejamos escurrir en la nevera durante toda la noche. Esto permitirá que el suero líquido se drene, obteniendo una consistencia más espesa.
Al día siguiente, retiramos el yogurt del colador y ¡listo! Nuestro yogurt griego casero está preparado para ser disfrutado. ¡Agradecemos al rey del yogurt por brindarnos esta maravillosa receta!

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